miércoles, 2 de octubre de 2013

CAPÍTULO 59
EL PAPEL DE FUMAR

Cerramos con estas líneas algunos aspectos característicos del fumador en los años que estamos considerando en este libro. Volvemos la vista, ahora, hacia aquellos populares librillos de papel de fumar. Se trataba de papel de arroz, cortado en pequeños rectángulos y metidos en unas pequeñas cajitas – los librillos -  de cartón. Todo fumador, antes de que se impusiera el uso masivo de cigarrillos ya elaborados y comercializados con sus cajetillas, debía proceder a hacerse – a liarse se decía – sus propios cigarros. Para ello necesitaba tener tabaco en su tabaquera o picadura en el envase original en que se lo vendían en los estancos, una cajita de cerillas, que entonces se llamaban comúnmente fosforos, o un mechero y su librillo de papel de fumar.
Aunque había diversas marcas, de mejor o peor calidad y precio, eran bastante parecidas y de  idéntica presentación comercial. De entre las más populares podemos recordar, en primer lugar, el Smoking en sus cajitas cuadradas de colores rojo, gris o naranja, o rectangulares y alargadas. Era muy utilizado el Bambú y el Zig-zag.
Una característica de este papel es que era lo suficientemente fuerte, en sus fibras, para mantener su forma cilíndrica y no deformarse ni deshacerse, una vez hecho el cigarrillo. También era adecuado para mantenerlo entre los labios y en el momento previo de pegar el papel para cerrar el cigarro antes de fumarlo.


Entre los tabacos más usados en aquellos años de posguerra y siguientes, ya en cajetillas con los cigarrillos elaborados, citamos, entre otros: Celtas,  Peninsulares, Bisonte, Rumbo, Goya, Timonel. Generalmente en cajetillas de 20 cigarrillos, aunque los Ideales traían 18. Todas ellas elaboradas por Tabacalera S.A. que tenía el monopolio del tabaco en España, el cual mantuvo durante muchos años. 
CAPÍTULO 60
LA MAQUINITA PARA HACER CIGARROS

Siguiendo con el tema del tabaco, los fumadores más empedernidos eran aquellos que no solamente se fumaban varias cajetillas de aquel  tabaco para hombres de pelo en pecho, sino que no se daban tregua alguna entre cigarro y cigarro. En su afán de no tener jamás la boca sin su cigarrillo colgando, encendían cada uno de estos con el que se terminaba. Así no había pausa alguna y su sistema nervioso se apagaba de continuo con la nicotina que llegaba a su organismo. Estos fumadores, que hoy en día designaríamos como compulsivos, consumían ingentes cantidades de cajetillas, amén de su correspondiente papel de fumar, medido por librillos, y cajas de cerillas o mecheros. Sobre estos últimos artilugios, los mecheros, podríamos escribir bastante pero como han llegado hasta la actualidad, no son tan novedosos como el citado papel de fumar y, sobre todo, las maquinitas para fabricar los cigarros.

Un buen día, mi padre, que ya he dicho era por aquellos años empedernido fumador, se presentó en casa con una caja que portaba cuidadosamente. Le rodeamos de inmediato pensando en que aquello podría ser un juguete para nosotros. Pero enseguida, al desenvolverlo nos aclaró que se trataba de una maquinita para hacer cigarros que acababa de comprar. Debía de ser el no va más del mercado de los fumadores, pensamos sorprendidos. Hasta ese momento, cada fumador debía inexorablemente liar sus propios cigarros antes de proceder a fumárselos. Y esto requería su tiempo, ya que debía de sacar una hojita de papel de fumar, extrayéndola del librillo, abrirla entre los dedos, sacar tabaco de la tabaquera y echarlo en el papel de fumar, procurando no dejar caer nada al suelo, envolver el tabaco minuciosamente con la hoja del papel, pegarlo pasando la lengua por todo el borde del papel, darle unos toques con la mano para que tuviese la clásica forma cilíndrica lo más perfecta posible, llevarlo a la boca y encender el cigarro con una cerilla o con el mechero.

Obviamente toda esta prolija operación llevaba su tiempo, máxime si se quería hacer un cigarrillo digno de tal nombre. Y muchos fumadores se lamentaban internamente de tanto tiempo perdido entre cigarro y cigarro. Me refiero a los citados compulsivos. Por eso cuando en la prensa salió el anuncio de la maquinita de marras, capaz de hacer cigarros en cantidad y a gran velocidad, estos fumadores se entusiasmaron y fueron corriendo a comprarla. Así llegó este artilugio a mi casa.


Con curiosidad infantil vimos como mi padre fabricaba aquellos cigarrillos. Se echaba el tabaco en una pequeña tolva, se colocaba el papel de fumar en su sitio y se daba a la manivela. Al instante iban cayendo cigarrillos ya elaborados. No recuerdo ahora si pegados o no. El caso es que salían perfectamente elaborados y con mucha rapidez. El invento tuvo dos consecuencias inmediatas. La primera fue que el fumador aumentó de esta forma el número diario de cigarrillos de su dosis, al no perder el tiempo intermedio. Además le salían más baratos y no tenía que ir continuamente al estanco a comprar más. Pero de otra, le di bastantes vueltas a aquella manivela de la máquina, entretenido, fabricando pitillos para mi padre. En todo caso e ignoro ahora el por qué, el invento duró poco y pronto volvió el fumador a sus cajetillas tradicionales de los celtas o los ducados.
CAPÍTULO 61
LA COPA DE COÑAC

Para los jóvenes de mi generación la copa de coñac fue, igualmente, un símbolo. Significaba un inicio y. más tarde, un asentamiento, una costumbre con cierta carga social. Me explicaré. Los hombres de los cincuenta, nuestros padres y los chicos mayores que nosotros, tomaban coñac en determinados momentos y situaciones.  Podía ser en una comida familiar, en una fiesta o, simplemente, acompañando a su café diario y su partidita de dominó o de tute. Los más jóvenes contemplábamos esta costumbre. Era algo que se hacía al llegar  a una edad adecuada. Pero, en ese tiempo, al acabar nuestro bachillerato o iniciar el trabajo a pronta edad, estábamos en un escalón inferior. Tomábamos coca cola, fanta o gaseosas de limón o naranja.

Pero había siempre un día en el que llegábamos a nuestra primera copa de coñac. Cada cual tendrá su historia personal. La mía fue en una fiesta popular, en la de un pueblecito asturiano lleno de encanto. Era en las fiestas del Carmen, su día patronal. Acudía allí con varios amigos, compañeros de estudios de bachillerato desperdigados ya por diversos puntos de España. El reencuentro, un año más tarde, era festivo y alegre, distendido y ocurrente. Nos encontramos con el que había sido director de nuestro colegio. Entramos en un bar del puerto, repleto de vociferantes parroquianos disfrutando del día de fiesta. Fuera, una orquesta tocaba todo un repertorio de pasodobles, boleros, tangos, mariachis... de todo un poco.

Charlábamos alegremente cuando, al pedir la bebida al camarero, el director eligió un coñac. Y todos tras él, quizás para demostrarle y demostrarnos que ya éramos chicos mayores, o sea jóvenes, seguimos su ejemplo. Y así llegó la primera copa de coñac, bebida dificultosamente y a sorbos cortos por todos nosotros. El efecto fue llamativo ya que, tras el apuro de beber aquella copa y dejar al antiguo profe, nos lanzamos sin remilgos al baile en busca de  pareja, pese a no saber bailar. Desde ese momento, la copa de coñac pasaba ya a formar parte de nuestras opciones al pedir una bebida en un bar.

Se tomaba la copa de coñac, de aquellas marcas ya históricas y sumamente populares en esos años. Me refiero al Fundador, al Decano y al Soberano, los más habituales. Solía ser un buen acompañante del café tras la comida. También un recurso en días gélidos e invernales, buscando combatir el frío. Había quien se llevaba una pequeña botella o petaca de coñac a los partidos de futbol. Lo hicimos un día al ir al Bernabeu al ver un España - Inglaterra de altos vuelos y temperatura de frigorífico. Se tomaba en los bailes, sentados en las terrazas y en los cafés en tardes y noches.

Caso aparte, merece su uso como tratamiento contra la gripe. Ignoro por qué, aunque supongo sería por nuestra mayor exposición a toda clase de fríos en esos años, pero las epidemias de gripe llegaban año tras año. Los estudiantes solíamos caer en esa mala costumbre todos ellos de forma casi cíclica. En parte por contagio en las aulas, repletas de personal, o en las pensiones en que vivíamos. También, porque al menor síntoma, uno se sentía ya justificado para hacer novillos y quedarse en la cama, en lugar de madrugar para ir a la aburrida clase de química o de matemáticas. El caso es que llegaba el momento de recluirse en la habitación, con dos jerseys encima y temblores alternados con calores. Era la fiebre que llamaba a nuestra puerta. En esas ocasiones, tras la comida, se armaba uno de valor para acudir al bar más próximo y tomarse un café y una copa  de coñac. Se añadía, generalmente, una aspirina. Tras esto, con el cuerpo ya más entonado, se regresaba a la habitación con la creencia de una curación inmediata que no se producía de ese modo. Pero, durante unos días, se seguía este rito de la copa de coñac. Si se vertía integra en el café, existía la creencia de que el efecto era mayor. Leyendas urbanas, sin duda alguna.

El caso es que la copa de coñac, en esos años cincuenta y sesenta fue algo así como una acreditación pública de la mayoría de edad, de que se había pasado a otro nivel en el escalafón de los hombres en la vida social. Y hasta parecía que las chicas aceptaban esta regla, de forma parecida a lo que pasaba entonces con el tabaco. Al avanzar por la década de los sesenta, los usos sociales mutaron con rapidez. Aparte de la cerveza, que se había tomado siempre, entraron en escena la ginebra y el ron. Y poco más tarde, llegamos a los dos grandes triunfadores de esos y bastantes años posteriores: la gin tonic y el cuba libre, actualmente redenominado, éste último, como cubata, eliminando eso de libre que parece ser no viene al caso.
CAPÍTULO 62
EL PLUMA PARA LA LLUVIA

Al comienzo de los sesenta apareció en el mercado una prenda nueva para  protegerse de la lluvia. Hasta entonces las gabardinas de siempre, modelo trinchera con sus botones, hombreras y cinturón, y los novedosos impermeables de plexigrás eran las habituales para esa misión. Los sesenta se caracterizaron por la generalización del uso de infinidad de prendas de nuevo diseño, bien recibidas por un incipiente mercado en alza. Los españoles comenzábamos a descubrir la moda y la sucesión de cambios cada cierto tiempo. La clase media crecía y se apuntaba a este juego.

Era estudiante de Escuela Técnica en Gijón cuando, entre esas modas,  apareció en los escaparates de los comercios del ramo el impermeable de plástico. Era muy ligero. Tanto que se podía recoger, apretado en las manos, y prácticamente cabía en una de éstas. Apenas se notaba peso alguno, dada su ligereza, protegía por completo de la lluvia y se podía llevar metido en cualquier tipo de cartera, bolso o similar. Popularmente se le empezó a llamar el pluma. Y, además, costaba muy poco. Por esto se extendió por todas partes. Los estudiantes lo usábamos casi todos en las provincias norteñas. Era mi habitual acompañante al ir a la Escuela y a los partidos de fútbol en el Molinón.


Era también muy duradero y resistente. En la mayoría de los casos, tras años de uso, fue arrinconado más por exigencias  del paso de moda que de otra cosa. Muy útil para llevar cuando se iba en moto o bicicleta dado que apenas estorbaba y resguardaba por completo de la molesta lluvia en esos casos. Lo usé, años más tarde, para ir a pescar. Fue el fin del viejo pluma que servía para todo. ¡Un buen invento sin duda!
CAPÍTULO 63
EL SEISCIENTOS

Al tratar de este coche, que para la mayor parte de mi generación fue el primero que tuvimos, hay que hacerlo con respeto y admiración. Con entrañables recuerdos nadando en nuestra mente y surgiendo del fondo de nuestra retina. Todo un gran símbolo de una época ya lejana. En la España de los sesenta, mayores y jóvenes soñábamos con llegar a tener un coche. Ya no era algo imposible. La mejora económica del país, plasmada en el ascenso de mucha gente a las clases medias, lo ponía  a tiro. Se estaba trabajando mucho y con esfuerzo. Y asomaba ya con fuerza el consumismo, las marcas, las modas y todo eso. Pero lo del coche era distinto, era otra cosa. Un deseo muy fuerte. Una aspiración.

Por eso cuando alguien lo compraba, parecía dar un salto en los esquemas sociales. ¡Ya tenía coche! Y esto era especialmente vivido por los jóvenes en sus inicios de vida laboral. Muchos fuimos los que, al empezar esa vida profesional, accedimos al seiscientos. Eso sí, firmando un buen montón  de letras, pagaderas mes a mes, con un buen esfuerzo. Pero valía la pena para todos los españolitos que dábamos ese salto. No era aquel coopé descapotable que algunos hijos de papá conducían por nuestras calles, exhibiéndose de continuo con alguna chica a bordo. Pero cumplía sobradamente para nuestros inicios automovilísticos.

El seiscientos, tal como recordamos todos, era un gran coche. Me explicaré mejor. Era un coche hecho en España, de bajas prestaciones. Era un simple utilitario, de mala chapa y mecánica sencilla. Con todos los defectos de los coches de su época, de gama baja. Pero con un montón de virtudes. Veamos. Capacidad interior suficiente, cabíamos los que hiciese falta. En alguna ocasión se metieron en el mío todos mis amigos. Ignoro cómo, pero así fue. Corría lo suficiente para aquellas terribles carreteras de nuestro mapa nacional. No tenía ayuda alguna para mover el volante, pero como éramos jóvenes y no conocíamos eso de la dirección asistida ni otras zarandajas, no nos enterábamos. Las ruedas se pinchaban con gran frecuencia y había que cambiarlas en plena ruta. Al principio esto era divertido. Sacar los tornillos, montar el gato para levantar el coche, sacar la rueda, ponerse las manos perdidas de suciedad y de grasa y poner la rueda de recambio. Eso si, si pinchabas otra vez antes de llegar a un taller para que te pusiesen un parche en la rueda, estabas perdido y tirado en la carretera. La mecánica era tan simple que hasta el más torpe entendía lo suficiente para salir de un apuro. Confieso que logré hacer de todo en aquel coche. Cambiar bujías, limpiarlas, cambiar los filtros y las correas diversas que llevaba, frotar y limar los platinos tras sacar el delco, cambiar faros y regularlos colocándolos frente a una pared y mil cosas más. En ruta ocurrían las más diversas incidencias, sin apenas información en los relojes del salpicadero. Bueno lo poco que llevaba. Una de las más clásicas y conocidas era la súbita subida de temperatura del agua de refrigeración, por exceso de calentamiento. Piloto rojo encendido, parar el coche, levantar el capó y quedarse un rato esperando que se enfriase, mientras salía humo del motor. Después, si se llevaba agua, debía añadirse en el depósito de nuevo y a correr. Todo era sencillo en aquel motor con todos sus elementos a la vista y bastante accesibles.


En aquel Seat 600-E, cuya matrícula es la única que recuerdo de mis sucesivos vehículos, recorrí España de norte a sur y de oeste a este. Subí, con más o menos penurias, algunos de  los puertos más peleones de las carreteras nacionales: Pajares, El Escudo, Piedrafita, Manzanal. Se desenvolvía con el mismo desparpajo en los pueblos gallegos o asturianos como por las calles de Madrid. Aquel seiscientos, con su baca arriba cargada de maletas y trastos, era un fiel compañero de viajes, de días de playa y del diario acompañamiento al trabajo. Y parecía no envejecer, salvo los agujeros de chapa oxidada que había que tapar y disimular para que no se viesen sus interioridades y sus miserias. Me acompañó en mi viaje de novios, con más de dos mil kilómetros de trayecto y, más tarde mis hijos pequeños viajaron en él en sus primeros años. Realmente, parecía no acabarse nunca pese a que el cuentaquilómetros subía y subía en sus dígitos.

Pero todo tenía un fin en la vida. Y a los seiscientos que no eran eternos aunque lo parecían, les llegaba la hora de la retirada. Bueno, más bien del cambio de manos. Llegaba el momento de venderlos para acceder a otro coche más moderno. Creo no mentir ni equivocarme si mantengo que todos lo sentimos. Todos los que tuvimos un seiscientos nos despedimos con nostalgia y tristeza al deshacernos de él. Era mucho lo vivido en esos viejos cacharros. De ahí lo del respeto y admiración del inicio de  este capítulo.
CAPÍTULO 64
LOS ECOS DE SOCIEDAD EN LOS PERIÓDICOS

Los ecos de sociedad eran en la prensa de la época, entre los cuarenta y mediados de los sesenta, el espacio dedicado a dar cuenta a los lectores de sucesos concretos de la vida de la población en la que se editaba, con nombre y apellidos. Esta costumbre se seguía tanto en las capitales como en los pueblos en los que existía alguna publicación periódica. Pero, quizás era en los pueblos y pequeñas capitales provincianas en donde alcanzaba un nivel más popular y más seguido por los lectores. Por este motivo, me centraré en lo que sucedía en el pueblo en que pasé mis años de infancia. Puede servir de ejemplo muy similar a otros muchos lugares.

A falta de noticias de más relieve, que en ocasiones las había, se publicaban en esa sección informaciones acerca de bodas, bautizos, primeras comuniones, nombramientos, exámenes superados, llegadas, salidas o marchas de la población, y otros acontecimientos de la vida cotidiana de sus moradores. Si se trataba de cuestiones de importancia y de dominio público, los  redactores del periódico tenían conocimiento  y lo publicaban en ecos de sociedad, cuando no eran específicamente objeto de una crónica especial aparte. Pero en la mayoría de los casos, o bien se enteraban de oídas, por terceros, o bien los propios interesados les hacían llegar directamente la noticia.

Sea como fuere el origen de la misma, a los lectores locales o a los que, oriundos del lugar, residían en otras poblaciones, les llegaban noticias, que leían con avidez. Podían ser tales como las que siguen:

“Ha llegado a nuestro pueblo ( o ciudad) el afamado médico (o abogado, o empresario), procedente de Madrid ( o de Barcelona, Londres o Badajoz), Don Ezequiel Pérez, acompañado de su  elegante y fina esposa, Pepy y sus recatadas y hermosas hijas, Tere, Anita y Carmencita,  acompañadas de sus encantadoras amigas Juanita y Marta, con el fin de disfrutar en nuestra bella y tranquila tierra de unas bien ganadas y largas vacaciones.”

“El pasado jueves, partió de esta población rumbo a Lugo (o Avilés o Trujillo), el entusiasta convecino, Don Gregorio García, quien junto a su esposa, la simpática Dolores y sus gentiles e inteligentes  hijos, Paquito y Tomasa, ha disfrutado de muchos días de playa y campo, en su hogar de Villa Torre. Le deseamos unos felices meses de invierno y que pronto vuelvan a estar con nosotros.”

En ocasiones, se daba cuenta de otro tipo de noticias:

“Ha sido operado en el sanatorio tal de Mondelón el vecino de nuestra villa  Francisco López, habiendo resultado satisfactoria la operación a la que fue sometido. Le deseamos un rápido restablecimiento”

Ó “Ha sido nombrado Secretario del Ayuntamiento de Torredelcuarto (o Béjar o Quintanar de la Orden), el sobrino del conocido veterinario de nuestra villa, Don José Álvarez, quien tras reñida oposición con  más de cien contrincantes, obtuvo la más alta puntuación en las oposiciones celebradas el pasado mes. Damos la más cordial y sentida enhorabuena al laureado y aventajado, Carlitos, que a sus  cuarenta años ha logrado tan altos éxitos y le deseamos de todo corazón, que pueda disfrutar muchos años, junto a su linda esposa  Luisa y sus dos encantadoras y recatadas hijas, Marilí y Majesús, de tan importante y exigente cargo”.

Y así sucesivamente, sin que faltasen nunca multitud de adjetivos por doquier. Aunque había un tema traído a las páginas de aquellos diarios o semanarios especialmente delicado. Me refiero a la costumbre de indicar las notas en los exámenes de algunos alumnos o el aprobado en ellos.

Con frecuencia, tras los exámenes de Junio o de Setiembre, los alumnos de mi Colegio - ignoro ahora si con otros centros también sucedía lo mismo - nos sorprendíamos en alguno de aquellos sábados, día en que se publicaba el semanario, al ver nuestro nombre y apellidos en los ecos de sociedad. Se trataba de noticias que exponían quiénes habían aprobado exámenes de tal o cual curso o reválida de cuarto o sexto. En ocasiones se hacía mención a las matrículas y sobresalientes obtenidos por cada cual. Y esto era ya demasiado.

De una parte, el que no aparecía allí, estaba claro que había suspendido. De otra, el que no tenía matrículas o sobresalientes, se podía pensar que andaba por los aprobados raspados. Fuese como fuese, a la mayoría no le agradaba salir a la calle y recibir enhorabuenas o pésames por doquier. Dentro de la limitada vida social del pueblo en esa época, las noticias volaban y pasaban a ser de rápido dominio público. Y una cosa era ser protagonista por un día, y otra era estar en boca de muchos.

En esta variada casuística de los ecos de sociedad de aquellos periódicos, entrañable vista desde aquí y ahora con ojos nostálgicos del siglo XXI, se mezclaban muchas cosas y sentimientos. Alegrías y envidias ajenas, sorpresas y sonrisas escondidas, triunfos profesionales o académicos y presunción de unos o de otros, afán de notoriedad y nostalgias, recuerdos de amigos entrañables y seguimiento de las vidas ajenas. Los ecos de sociedad permitían seguir el pulso de la vida social del pueblo y de muchas familias con residencia lejana. Era agradable saber de la gente, pero conforme avanzó la década de los cincuenta y se fue entrando en los sesenta, cada vez se hizo más anacrónico todo esto de Ecos de sociedad publicado en los diarios y semanarios.

Y así, en buena lógica, esa sección se fue muriendo, al hilo de la falta de información, al dejar las propias familias de facilitarla, y de la progresiva ausencia de intención de aparecer citados en el periódico. Como tantas cosas de la vida pasada, lo que antes fue signo de distinción, acabó siendo de vulgaridad, al cambiar las formas de pensar de las gentes. Y ante esta vulgaridad, se apagaron definitivamente los ecos de - valga la redundancia –

aquellos entrañables Ecos de sociedad
CAPÍTULO 65
EL PASO DEL ECUADOR

Aunque sea algo que todavía se lleva y que se aparta de lo anteriormente considerado, quiero traer aquí un recuerdo estudiantil. En las distintas Facultades Universitarias y Escuelas Técnicas existentes en el período temporal que cubre este libro, solía celebrarse anualmente la fiesta del Paso del Ecuador. Con más o menos relieve y realce. Esto dependía de la tradición en ese centro y de cada curso y su capacidad organizativa de este tipo de juergas. En el buen sentido. Como es sabido, ya que todavía se sigue celebrando en algunos centros universitarios, el Paso del Ecuador correspondía al curso en que se traspasaba la mitad de la carrera.

Siempre ha sido un acontecimiento festivo y alegre para los estudiantes. También lo fue para nosotros. Supongo que para unos más y otros menos en función de los cabecillas de cada curso a la hora de montarse estos festejos. Los estudiantes se solían disfrazar en esta ocasión. Y también organizar desfiles por las calles de la ciudad. Aunque, en general, abundaba la improvisación. Las cosas iban surgiendo sobre la marcha. Al fin y al cabo se trataba básicamente de dar rienda suelta a la alegría del momento y divertirse lo más posible. A partir de ahí, cada caso habrá sido diferente sin duda. Pero un elemento común era el seguir esta tradición estudiantil, imitar a los cursos que nos antecedían y tratar de superarlos, si era posible.

Tras este preámbulo, lo mejor es describir mi Paso del Ecuador, el momento en que mi promoción de la Escuela de Peritos Industriales de Gijón celebró este evento. En mis estudios posteriores de Económicas ya no viví este evento por ser estudiante libre. Y esta circunstancia,  a pesar de llevar a la necesidad perentoria de estudiar mucho más que los oficiales (¡y suspender todavía más!), excluía por completo de entrar en esa agradable vidilla estudiantil. Pues bien, llegó un buen día el momento de celebrar el Paso del Ecuador de mi promoción. Alguien fijó una fecha para ello, sin que, como era habitual, la mayoría del curso se enterase de cómo y cuándo había sido eso.  Se corría la voz y eso bastaba. Llegado el día, obviamente no había clases. El profesorado, respetuoso con la tradición, daba jornada escolar libre. Nos reunimos todos en la Escuela un tanto despistados y sin saber qué hacer. ¿Había que divertirse, no? Pues manos a la obra.

Ocupamos un aula y sin orden ni concierto alguno, empezamos a pensar en qué hacer, de qué disfrazarnos y qué papel representar. Los distintos grupos se fueron formando por afinidad y amistad. También por puro despiste. En mi grupo decidimos hacer una parodia del nuevo plan de estudios, próximo a salir y que, como siempre en este país, atentaba contra el futuro profesional, acortaba años de estudio y tenía muy mala pinta para todos. Nos agenciamos con una especie de cochecito de bebé e introdujimos en él al más pequeño de la clase. Con el inmenso chupete que llevaba, metido allí bajo la manta, podría pasar por un infante casi recién nacido. Él era el “plan nuevo de estudios”. Una pancarta cuyo texto me correspondió pensar y escribir, por aquello de mis aficiones literarias, refrendaba nuestra repulsa hacia ese plan. El resto lo hacían nuestras simples vestimentas. Buzo o mono de talleres, azul mahón. Sombreros de papel en la cabeza y unas burdas caretas.  Y nos unimos a la comitiva.

Cada grupo había montado su propio show. Había algunas guitarras y laúdes. Y muchos cánticos deslavazados. En el más completo desorden y algarabía, salimos a la calle. Al instante la habíamos ocupado toda, de lado a lado de la calzada. Y empezó el lento desfile por diversas rúas de la ciudad. Los transeúntes miraban de soslayo aquel follón  que adivinaban, al instante, cosa de estudiantes. Sorprendentemente no nos topamos, en ningún momento, con la autoridad establecida: los guardias municipales o nacionales. Los famosos grises. Nuestro pintoresco y, sin duda, poco original recorrido seguramente emulaba y se asemejaba a los de años anteriores. Y poca gente nos hizo caso, más allá de observar con una sonrisa o con una mueca de desagrado nuestro paso. Pero todo eso nos daba lo mismo. Íbamos a lo nuestro y estábamos metidos en nuestro papel de divertirnos y reírnos de todo y de todos. El Paso del Ecuador es eso: risa y diversión en estado bruto.


Al cabo de un tiempo, el personal empezó a cansarse y se decidió el regreso a la base. Pronto volvimos a la Escuela en el mismo caótico desorden. Dejamos los trastos tirados por allí y emprendimos la salida en tropel. La mayoría a comer en grupos de amigos. Los más empollones a estudiar los temas del día siguiente. En mi caso, me  integré en la comida en un bar barato, pero que admitía juerga y jaleo. Tras la comida, en la que no faltó la bebida necesaria para mantener el tono alto y la risa floja, hubo café y algún puro. La tarde fue larga. Y enlazó con el baile que se organizó en la sala de fiestas en que el SEU solía celebrar sus celebraciones. Allí nos reunimos la mayoría y al ritmo de la mejor música del momento y, ante la escasez de chicas, sacamos lustre a la barra del bar a lo largo de unas horas. El día fue largo y acabó cansino. Después de un carrusel de bromas, chistes, anécdotas y tontadas de los que estaban más tocados por el alcohol, el personal empezó a decaer. Y llegó el fin de nuestro Paso del Ecuador, caminando despacio y cansados hacia nuestras respectivas casas o pensiones. Había acabado el Paso del Ecuador. Desde ese momento todavía quedaba por delante, en nuestros horizontes temporales, la mitad de la carrera. ¡Un mundo!